Horacio Cocles

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A su espalda se alzaban las murallas de Roma. Tan solo el puente Sublicio separaba al enemigo de la ciudad. Horacio sonrió, menuda locura. Quedaban tres hombres: Espurio Larcio, Tito Herminio y él mismo. Los restos del ejército romano se habían retirado a la seguridad de la ciudad. El combate había sido duro y las bajas cuantiosas. Ahora tan solo la fina línea de agua que es el río Tíber separaba al enemigo de la ciudad inmortal. La única manera de salvar Roma era destruir el puente Sublicio que continúa en pie. La joven república romana peligra, el mismo rey que habían conseguido echar de la ciudad los ciudadanos romanos se amenazaba a la ciudad aliado con el etrusco Lars Porsenna. Tarquinio había sido un tirano y se había ganado el sobrenombre de “el soberbio” a pulso. “La libertad tiene un precio y a veces hay que hacer sacrificios” pensó Horacio.

Los tres hombres ocuparon el inicio del puente, separándose a una distancia que les permitiera poder defenderlo pero a su vez mantener el enlace entre ellos. A su espalda soldados y peones se afanaban en derribar el puente. Desde la formación etrusca surge un pequeño grupo de soldados, uno de ellos era claramente un oficial.

-Soldados de Roma: cejar en vuestra lucha. Tres hombres no pueden contener un ejército. Dejad paso franco y evitar vuestra muerte. Tarquinio viene a reclamar aquello que le pertenece por derecho.- gritó el oficial.

-No permitiremos que Tarquinio y su tiranía crucen este puente.- le respondió Tito Herminio rojo de ira.

-Entonces moriréis, todos.

-Y decidme¿qué mejor manera tiene de morir un hombre, que la de enfrentarse a su terrible destino, defendiendo las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses?- pregunta Horacio dirigiendo una mirada cargada de determinación al oficial etrusco.

La comitiva ha entendido el mensaje. Se dan la vuelta y vuelven a la formación etrusca. El oficial etrusco levanta la mano y hace un gesto. La horda etrusca carga. Los tres romanos se preparan para aguantar la acometida. Los etruscos han roto toda formación y los soldados más rápidos han llegado al alcance de las lanzas de Horacio y sus compañeros. Tres etruscos caen abatidos nada más llegar. La lanza de Espurio se parte y se ve obligado a desenvainar su espada. Espurio contiene a un nuevo enemigo que ha chocado contra su escudo, seguidamente le clava la espada en el costado. Tito y Horacio contienen al enemigo como pueden. Horacio golpea a un etrusco con su escudo, derribándolo, aprovecha la vulnerabilidad de su enemigo y le ensarta con la lanza. Horacio tira pero la lanza se ha quedado atascada, un nuevo enemigo se le echa encima, Horacio se agacha y levanta el escudo, cuando nota el contacto del soldado etrusco se levanta volteando al soldado en el aire que cae al suelo con un golpe seco. Rápidamente desenvaina su espada y le secciona el cuello. Tito tampoco tiene lanza ya, golpea a derecha e izquierda rápidamente haciendo frente a los enemigos que se le aproximan, varios cuerpos yacen ya a sus pies.

Se oyen gritos a retaguardia, los tres habían perdido terreno frente a la marea etrusca. Los soldados que trabajaban en las tareas de derribo del puente les hacen gestos para que vuelvan. El trinomio retrocede a la carrera. Queda en pie una pequeña sección, por la que pueden pasar aun dos o tres hombres. Tito y Espurio logran cruzar pero las tropas etruscas se abalanzan sobre Horacio, pues es lo único que se interpone entre ellos y la ciudad. Horacio comprende que si cede, no podrá derribarse ese pequeño tramo así que comienza a pelear como un león. Protegido por su escudo espera al contacto de los soldados enemigos y desde la cadera lanza puntazos con su espada. A su espalda los peones continúan las tareas de derribo mientras las tropas que les acompañan tratan de apoyar a Horacio lanzando jabalinas, pero Horacio esta fuera de alcance.

Horacio ha perdido toda técnica combate a ciegas, da estocadas y golpes de manera instintiva. Un dolor repentino y lacerante le sube desde el muslo derecho, golpea en esa dirección con su escudo pero no alcanza a nadie. Lanza una estocada a su derecha, clavando su espada en el cuello de un etrusco. El dolor de su pierna le obliga a caer sobre la rodilla, haciendo un esfuerzo se levanta y golpea con su casco la cara de un soldado enemigo. A su espalda se oye un gran estruendo, el puente tiembla y se derrumba el sector que quedaba en pie. “Por fin” piensa Horacio. Como buenamente puede se levanta mientras a sus pies los endebles restos del puente se tambalean. Horacio mira hacia el enemigo que se retira del puente y sonríe, Roma está salvada. Por su mente pasó la frase “La libertad tiene un precio y a veces hay que hacer sacrificios” nuevamente. Horacio suspiró y mirando al agua se arrojó dispuesto a aceptar el destino que los dioses le hubieran fijado.

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