Germania

La noche era cerrada pero la luz del poblado incendiado hacia que pareciera de día. Iba dejando un rastro de gotas rojas en el suelo nevado, la herida del muslo le impedía correr más, no era grave, pero si molesta. Corría a través del bosque con los pulmones encendidos, las ramas golpeaban su cara dejando arañazos y magulladuras pero debía huir. “Sigue corriendo” piensa, de repente nota que su pie derecho se queda atrás y cae al suelo. Intenta levantarse pero enfrente, a veinte metros, tiene a dos legionarios romanos. Están completamente distraídos así que opta por no hacer ruido, permanece inmóvil, observando. Los dos legionarios se dan la vuelta por completo y siguen charlando y riendo, está claro que no le han visto, deben pensar que la jornada ha terminado. Una lágrima se desliza por su  mejilla poblada de pecas, sucia por el barro y el humo del combate. Se acuerda de su padre, caído por la pedrada de una honda, de su madre sacada por los cabellos de la choza donde vivían para ser brutalmente violada y asesinada, de su hermano con un gladio atravesándole la garganta, o de su poblado ardiendo… Nota como la ira le inunda el corazón, busca en su cinturón y nota la empuñadura del pequeño hacha de trabajo, lentamente lo extrae del cinturón, y sonríe…

El día había sido largo y aburrido, se habían perdido parte del asedio y el asalto al pequeño poblado germano. Y como si no poder saquear no fuera suficiente, el optio les había designado a ellos para peinar parte del bosque a las afueras del poblado. Charlaban animosamente y caminaban ajenos a la luz anaranjada que iluminaba la oscura noche. Un pequeño ruido a sus espaldas les hace volverse. Como una aparición, la figura de una mujer se dibuja contra las sombras de los árboles. Los dos legionarios se miran estupefactos, al final parece que van a tener suerte. La mujer parecía joven, era difícil de adivinar debido a la oscuridad, permanecía de pie, con los pies a la altura de los hombros. Ambos legionarios se acercan con cuidado, la mujer tiene las manos en la espalda y no terminan de fiarse, algo no cuadra. Lentamente van abriéndose cada uno a un lado de la mujer, empuñando sus gladio pero sin desenvainar.

Con un grito de ira salta a por el legionario de su izquierda, golpea con furia con su hacha en el hombro izquierdo de este que grita y le devuelve un puñetazo en la cara. Retrocede por la fuerza del golpe, se toca la mejilla dolorida, se vuelve y ataca al segundo legionario que trata de agarrarla, es evidente que la quieren viva. Golpea hacia fuera con el hacha alcanzando al legionario en el antebrazo, tiene el tiempo justo para volverse de nuevo y ver un gladio que se clava en su hombro, vuelve a golpear, la falta de escudo evita que el legionario pueda protegerse y una vez más es alcanzado en el hombro. El legionario retrocede y ella se lanza a por él, vuelve a golpear en el mismo sitio, el legionario tira una nueva estocada, pero falla dejando la cabeza demasiado adelantada, y el hacha ahora le alcanza en la cabeza justo por encima del ojo, el golpe horizontal llega casi hasta la nariz y el legionario cae muerto al suelo. Ella se gira, el pomo de un gladio se estrella contra su cara, cae al suelo y el legionario furioso se abalanza sobre ella. Trata de agarrarle por la garganta pero en su ataque de ira se ha olvidado del arma de su oponente y ella lo aprovecha golpeando en el cuello. El legionario lentamente se va apagando con la garganta seccionada.

Por fin todo pasa, ahora está más tranquila. Reza algo, mascullado, entre dientes invoca a los dioses, se quita al legionario desangrado de encima y se levanta. Busca entre los cadáveres algo que le pueda servir y con tela de sus túnicas se prepara vendajes que aplica sobre sus heridas. Guarda el hacha y recoge uno de los gladios romanos. Mira a la espesura del bosque, suspira y vuelve a correr de nuevo…

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